- «Os aseguro, hermanos, por la gloria que de vosotros tengo en nuestro Señor Jesucristo, que cada día muero». 1 Corintios 15:31
- «De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto». Juan 12:24
A veces me pregunto: ¿quiénes somos realmente? ¿Somos esa búsqueda incesante de la persona que anhelamos llegar a ser? ¿Somos lo que los demás dicen de nosotros o aquello que nuestra voz interior insiste en recordarnos o el personaje que hemos construido para sobrevivir?
Lo cierto es que somos mucho más complejos de lo que alcanzamos a comprender. No somos un producto terminado, sino seres humanos en constante transformación, con el deseo de trascender y descubrir quiénes somos. Sin embargo, aunque el cambio forma parte de nuestra propia naturaleza, también nos resistimos a él por temor. Nos aferramos a lo conocido porque la incertidumbre nos deja perplejos y porque, a veces, abandonar lo que creemos ser nos asusta mucho más que permanecer en aquello que ya conocemos.
El personaje: el traje a la medida
Algunos sostienen que dentro de nosotros pueden cohabitar distintos personajes, que adoptamos según el ámbito en el que nos desenvolvemos: familia, pareja, hijos, amigos, trabajo, entre otros. Aunque considero que nuestra identidad es mucho más compleja y amplia no limitandose a un solo personaje, utilizaré el singular para explorar las distintas adaptaciones que este puede adquirir.
Cuando nacemos, no llegamos al mundo con nuestra identidad completamente definida ni en blanco. El ambiente, las experiencias y las relaciones van moldeando nuestra manera de interpretar la realidad cercana. Por otro lado, existe la perspectiva de que nacemos con ciertas predisposiciones biológicas que influyen en nuestro desarrollo. Ambas dimensiones son importantes: nuestra biología influye en quienes somos, pero las experiencias y los hábitos son tambien determinantes en la forma en que vamos desarrollandonos. No todo está determinado de antemano, ni todo depende exclusivamente de las circunstancias.
Es precisamente en el medio de esas circunstancias donde comenzamos a construir nuestro personaje, un personaje funcional. Lo hacemos a partir de las creencias y los juicios que aprendemos sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Si creciste con padres ausentes, esto pueden influir que el mundo no es un lugar seguro; si alguien te engañó, podrías concluir que no es posible confiar en un otro. Incluso podria surgir la creencia de que todos los hombres o todas las mujeres son iguales, convirtiendo una experiencia particular aislada en una regla general de vida para interpretar tus futuras relaciones.
Así, ciertas frases se repiten en nuestra mente como eslóganes publicitarios hasta quedar grabadas en ella. Nuestras creencias son confirmadas por nuestros patrones de comportamiento, vemos lo que creemos por donde vayamos. Con el tiempo, dejamos de cuestionar y comenzamos a integrar como verdades incuestionables que se fijan en nuestro subconsciente. Es ahí donde el personaje se nutre fortaleciendose: se sostiene sobre ideas que damos por sentadas sin detenernos a examinar si realmente se ajustan a la realidad.
El problema no es tener convicciones, sino convertirlas en verdades absolutas, incapaces de ser revisadas o cuestionadas o que funcionan en determinadas circunstancias. Cuando confundimos nuestra interpretación de las cosas con la esencia misma de la realidad, corremos el riesgo de vivir atrapados en nuestras propias conclusiones y conjeturas. Decir que «tu verdad no es mi verdad» puede ser una manera de reconocer que existen distintas perspectivas; sin embargo, también puede convertirse en una excusa para evitar cuestionar nuestras propia valoración de las creencias.
El personaje, entonces, no es alguien falso ni manipulador, no es ingenuo. Tampoco es una copia calcada de otra persona. Es una adaptación construida a partir de nuestras propia experiencia humana, una manera aprendida de responder a lo que a un hecho, emoción o pensamiento. Es una formato interpretativo de superviviencia. Sobre esa adaptación vamos acumulando capas y capas de creencias, emociones, temores y mecanismos de defensa que, con el tiempo, adquieren rigidez. Llegamos a identificarnos tanto con ellas que terminamos llamándolas «quién soy».
El personaje no te deja avanzar
Recuerdo perfectamente una sesión de terapia en la que le confesé a mi psicóloga que estaba exhausto de proyectar una imagen agresiva de mí mismo. Esa visión ya no me servía para alcanzar lo que quería ni me permitía avanzar hacia la persona que anhelaba ser. Estaba atrapado en las garras de un personaje que, aunque no aparecía todos los días, seguía latente. Entiendo que me protegió y me ayudó bastante en un momento de mi vida, pero en esta nueva etapa que deseaba se había convertido en un ancla pesada; ese patrón defensivo solo terminaba saboteando lo que intentaba construir.
Hoy puedo reconocer, al menos en parte, cómo se fue formando ese personaje. Desde pequeño, mi padre percibía en mi un carácter frágil. Me veía como un niño demasiado sensible, sin las herramientas necesarias para enfrentar un mundo que él consideraba totalmente hostil. Puedo comprender de dónde venía esa mirada: mi padre quedó huérfano y pasó gran parte de su vida en hogares donde, en aquella época, la protección y la supervisión del Estado no eran las mismas que conocemos hoy en día.
Él también fue moldeado por sus circunstancias, construyo su personaje, lo hizo sobrevivir y terminó reproduciendo parte de esa agresividad en mi. Yo, por mi parte, fui incorporando algunas de esas formas de responder a mi mundo particular. Tanto él como yo, no estabamos viviendo, habiamos construido fortalezas cimentadas por el miedo, la verguenza y en muchos casos desde la propia culpa.
Comprender esta historia no significa justificar la violencia ni asumir que estamos condenados irremediablemente a repetir patrones. Significa darse cuenta y reconocer que nuestras formas de reaccionar tienen una historia, hay circunstancias que las acuñaron, que no aparecen de la nada y que, pueden convertirse en nuestras respuestas habituales y de alguna manera cimentar o destruir nuestro futuro.
Descubrir que el personaje no alcanza a representar toda la complejidad del mundo y de quienes somos puede convertirse en un hecho revelador. De pronto, aquello que considerábamos parte inamovible de nuestra identidad comienza a mostrarse como algo que hoy no tiene coherencia con quienes queremos ser.
Me gusta imaginarlo como los balanos que se adhieren al caparazón de una tortuga. Poco a poco, se acumulan hasta modificar su apariencia, pero no por eso dejan de ser organismos adheridos a ella. De manera semejante, nuestras experiencias, creencias, temores y mecanismos de defensa pueden acumularse hasta el punto de que dejamos de distinguir entre lo que hemos aprendido a ser y quienes somos en toda nuestra complejidad.
Quizás el primer paso para avanzar sea precisamente ese: comprender que nuestra historia forma parte de nosotros, pero no tiene por qué convertirse en la determinante de nuestra identidad y un futuro diferente que nos puede estar esperando.
La muerte simbólica
A veces entendemos la libertad cristiana como una forma de renuncia a una buena vida, a la limitación de nuestros deseos o de abstenernos de disfrutar del mundo. Pero ¿qué pasaría si descubrieras que no estás viviendo verdaderamente en libertad, sino condicionado por aquello que has aprendido a ser? ¿Y si esos balanos que se han adherido a tu caparazón, esas creencias, temores y corazas que has acumulado con el tiempo, terminaran por confundirse con tu propia identidad? ¿Y si hubieras llegado a creer que todo eso eres tú?
No tienes que salvar al personaje ni aferrarte a él. Es momento de dejarlo morir. No sigas alimentando aquello que te mantiene atado a una versión de ti mismo que ya no te permite estar en paz. La verdadera libertad no consiste en hacer todo lo que deseas, sino en encontrar en Dios la libertad para transformar aquello que te impide vivir en amor. Es volver la mirada hacia el Creador, reconocer que no podemos comprender plenamente quiénes somos al margen de Él y descubrir que nuestra identidad no tiene por qué quedar definida por nuestras experiencias pasadas. Las emociones cambian, los deseos se transforman y la vida sigue su curso. Nuestra vida es encontrada en él.
Desde la perspectiva cristiana, la transformación no consiste en construir una versión mejorada de nosotros mismos ni en alcanzar una identidad perfecta mediante nuestro propio esfuerzo. Se trata de gracia, arrepentimiento, renovación y santificación. No somos únicamente seres que buscan respuestas en lo terrenal; necesitamos comprender nuestra existencia a la luz de nuestra relación con Dios, somos seres espirituales.
Muchas de las corazas que hemos construido nacen de nuestros intentos por encontrar aceptación, amor y perdón en otras personas o cosas, como si de ellas dependiera nuestro valor. Sin embargo, cuando hacemos de esas cosas el fundamento último de nuestra identidad, terminamos depositando en ellas una carga que no pueden sostener, a esto la Escritura le llama idolatria.
El perdón de Dios nos permite reconocer nuestra necesidad de gracia, de dejar de vivir bajo el peso de la culpa y comenzar un proceso de transformación que involucra nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.
Tu corazón tiene un vacío que ninguna cosa creada puede llenar por completo. ¿Tienes miedo de sentir? ¿Te aferras a creencias que nunca te has atrevido a cuestionar? ¿Miras a los demás con desconfianza porque alguna vez te hicieron daño? ¿Sientes la necesidad de responder a cada injusticia como si renunciar a la venganza significara permitir que te vuelvan a herir?
Quizás llevas tanto tiempo intentando protegerte que has terminado confundiendo tus defensas con tu identidad. Quizás te esfuerzas por mantener en pie un personaje que ya no responde a quien deseas llegar a ser. Lo sostienes, lo justificas y lo muestras al mundo, aunque por dentro sientas el peso de cargarlo. Pero no necesitas seguir viviendo bajo el dominio de aquello que aprendiste a ser para sobrevivir. Puedes reconocer tu historia sin quedar atrapado en ella, aceptar tus heridas sin convertirlas en tu identidad y abandonar aquellas respuestas que ya no te permiten avanzar.
Es momento de quitarte ese traje, aquel que las circunstancias te ayudaron a construir o que tú mismo aprendiste a llevar. No para negar tu historia ni para despreciar quién has sido, sino para reconocer que tu vida no tiene que permanecer sometida a tus antiguas formas de pensar y actuar. El camino no consiste en fabricar una identidad perfecta, sino en volver la mirada hacia Dios y descansar en su gracia y misericordia.
Pablo lo expresa de esta manera en Efesios 4:22-24:
«Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad».
La muerte simbólica del personaje no significa destruir lo que somos, sino dejar atrás aquello que debe ser renovado. No se trata de alcanzar una versión idealizada de nosotros mismos, sino de permitir que Dios transforme nuestra manera de pensar, amar y vivir.
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