La voz interior parte 3

La voz que te habita

Volvamos a lo esencial. El exceso de ruido a nuestro alrededor suele interferir en nuestro diálogo interno, estamos expuestos a poner atención a las últimas tendencias, influencer, nuevos romances faranduleros o las situaciones políticas.

Muchas personas emiten juicios sobre el mundo, sin hacerse preguntas profundas; hablan desde lo que creen saber, sin indagar en su mundo interior. Se sienten participes de lo que ocurre en el mundo, pero observan sus propias vidas desde la orilla y asumen que han logrado sondear el mar entero.

Dejamos nuestra vida al azar y no nos hacemos cargo de ella.

¿Cómo te hablas?

La actitud es clave en la forma en que interpretamos lo que nos ocurre. Nos dicen que debemos tener una «buena actitud», pero si no hacemos el trabajo interno, esa postura se vuelve vacía. En nuestro interior pueden habitar múltiples voces de juicio: la de una madre, un padre, un profesor, un amigo o un compañero. Cada una adopta la voz de alguien a quien, en su momento, le dimos el poder de definirnos.

La actitud puede abrir caminos al éxito, pero ¿cómo construir algo sólido si te hablas con dureza?

Imagina a dos hermanos pequeños: uno se comporta de forma «adecuada» y al otro lo etiquetan como un «caso perdido». Los padres recriminan constantemente al segundo diciendo: «Deberías ser como tu hermano, él no da problemas». Imprime esa información en la mente de un niño. Lo más probable es que crezca sintiendo que no encaja o que no merece nada bueno. O bien, que intente redoblar esfuerzos para demostrar su valor y superar a su hermano, impulsado no por convicción, sino por una voz interna que le exige una aprobación externa que nunca termina de llegar.

La voz interior que sabotea

(Un testimonio de «Recupera tu mente, reconquista tu vida» de Marian Rojas Estapé)

Natalia sufría una elevada ansiedad cuando la conocí. —Mi madre me educó de forma muy exigente —me dijo en la primera consulta—. Una de las cosas que me repetía sin cesar es que tenía que cuidar la alimentación porque nunca me casaría bien si estaba gorda. «La gente quiere más a las personas delgadas; cuida tu tipo, no comas esto. Te lo digo por tu bien. Tu padre no se hubiera casado conmigo si me hubiese conocido gorda», insistía una y otra vez.

Desde entonces, lucha a diario por su físico. Pasa largas horas estudiando y en prácticas —cursa quinto año de Medicina— y apenas tiene tiempo de hacer deporte. Conoció a un chico y comenzaron a salir, pero no funcionó.

—Sé que no sigue conmigo porque estoy rellenita, pero ahora mismo no puedo cuidarme más ni hacer más ejercicio. Mi madre me pregunta todas las semanas si estoy quedando con alguien, y cuando le digo que no, me dice que con este cuerpo nadie se va a fijar en mí. Si mis amigos traen algo rico para compartir, mi cabeza me recuerda que estoy gorda y no debo probarlo. Mi voz interior gira constantemente sobre mi físico; estoy agotada de mí misma.

De la guerra a la paz mental

Nuestra mente puede ser un infierno o un paraíso.

Toda vida es un universo propio, donde cada persona libra batallas que muchas veces nos resultan ajenas. En el fondo, en la mente de todos existe una guerra: es imposible hallar paz cuando la cabeza no deja de machacarse por una situación puntual.

Como vimos, la voz de la madre quedó tan grabada en la mente de Natalia que terminó dictando su diálogo interno e imposibilitándole consolidar una pareja. Y no, esto no ocurre porque las personas a su alrededor sean superficiales, sino por algo más profundo: aquello que dejamos entrar y alimentar en nuestra mente termina determinando nuestro futuro.

Una de las herramientas más profundas que nos deja la Escritura para transformar estos patrones de pensamiento es la meditación constante en Dios y en su Palabra (Josué 1:8; Salmos 1:2, 19:14, 77:11-12, 104:34, 119:15-16).

Meditar en la Biblia es una vía sumamente efectiva para desmantelar creencias limitantes y pensamientos que nos quitan la libertad. Es un proceso continuo: exponernos con constancia a la Palabra de Dios nos va limpiando y renovando, día tras día, de adentro hacia afuera.

La metáfora del colador

—Maestro, he leído muchos libros… pero ya olvidé la mayoría. ¿Entonces, para qué sirve leer? —preguntó un alumno curioso.

El maestro no respondió; solo lo miró en silencio.

Pasaron unos días. Estaban sentados junto a un río cuando el anciano le dijo: —Tengo sed. Tráeme un poco de agua, pero usa ese colador viejo que ves ahí en el suelo.

El alumno lo miró desconcertado. Era un pedido absurdo. ¿Cómo iba a traer agua con un colador lleno de agujeros? Pero no se atrevió a contradecirlo. Tomó el colador y lo intentó. Una vez. Y otra. Y otra más…

Corría, llenaba, pero perdía toda el agua en el camino. Intentó ir más rápido, tapar los agujeros con las manos, cambiar de ángulo… Nada funcionaba. No podía retener ni una gota. Agotado y frustrado, se sentó a los pies del maestro y dijo: —Lo siento. Fracasé. Era imposible.

El maestro lo miró con ternura y respondió: —No has fracasado. Mira el colador.

El alumno lo observó y entonces lo notó: aquel colador sucio, viejo y ennegrecido… ahora brillaba. El agua, al pasar una y otra vez, lo había limpiado.

—Así es la lectura y la meditación —continuó el maestro—. No importa si no recuerdas todo lo que lees. No importa si el conocimiento parece escaparse de tu memoria como el agua del colador… Porque mientras lees y contemplas la verdad, tu mente se limpia. Tu espíritu se renueva. Tus ideas se oxigenan. Y aunque no lo veas, te estás transformando por dentro.

Ese es el verdadero propósito: no llenar la memoria, sino limpiar el alma.

Actividad para realizar

De la libreta con anotaciones de la primera parte de este blog sobre la voz interior, escoge el más significativo y contrástalo con la palabra de Dios, dedícate el tiempo necesario a modificar aquella creencia: una semana o un mes. No pares hasta que puedas vencer ese pensamiento, vencerlo no será que no aparezca, sino que ya no tiene el poder para determinar tu presente.

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