Todos miramos el futuro desde lo que somos; nuestros pensamientos, experiencias, valores, emociones y heridas se convierten en el lente con el que interpretamos aquello que aún no ocurre. Cuando atravesamos una buena temporada, solemos mirar todo con positivismo; mientras que cuando estamos en un período de escasez, apostamos a un futuro complejo.
Todos necesitamos sentir cierto grado de control. Por eso recurrimos inevitablemente a los recursos de los que disponemos: nuestras habilidades, nuestra experiencia e incluso, en ocasiones, a alguna que otra cábala. Todo con tal de atravesar este período de incertidumbre.
Sin embargo, al percibir el entorno como una amenaza, nos enfocamos obsesivamente en lo que sucede afuera, sin prestar atención a lo que ocurre en nuestro interior. Es en ese lugar donde ocurre todo el cataclismo (Juan 14:1, 27). El corazón que está turbado evidencia una alteración del ánimo que no le permite actuar, pensar o hablar con claridad. Es por eso que debemos cuidarnos no tanto de lo externo, sino de lo que ocurre en nuestro foro interno.
Caos apocalíptico
Cuando escuchamos la frase «los últimos tiempos» o «escatología», la mente suele saltar de inmediato a imágenes de colapso, caos y destrucción. Gran parte de este imaginario no proviene de la lectura atenta de las Escrituras, sino de la cultura popular y del cine de Hollywood, que nos han acostumbrado a consumir el fin del mundo como un espectáculo apocalíptico.
Nos hemos vuelto adictos a mirar el futuro desde una lente catastrófica. Pero, ¿por qué observamos la realidad de esta manera? ¿Por qué asumimos tan fácilmente que para que nazca algo nuevo, lo anterior debe ser inevitablemente destruido hasta las cenizas?
Esta forma de ver la realidad responde más a una lógica de discontinuidad que a un patrón de transformación que observamos tanto en la naturaleza misma como en la Escritura.
Desarrollo frente a catástrofe
Si miramos nuestra propia existencia, normalmente el crecimiento no ocurre mediante la aniquilación, sino mediante procesos de integración y transformación:
- De la infancia a la juventud: Para que un niño se convierta en joven, no hay que «destruir» su infancia. La infancia no muere; se integra, se trasciende y sirve como el cimiento sobre el cual se construye la madurez.
- El matrimonio: Para unir la vida con otra persona, no es necesario «matar» la individualidad ni la identidad propia, sino reordenarla en función de un proyecto mayor de comunión.
- Las instituciones y la sociedad: Para que una comunidad, una escuela o una institución funcione mejor, llevarla a las cenizas no suele ser la solución. Es lograr que las instituciones tengan una reforma.
- El Antiguo Pacto y el Nuevo Pacto: En la Escritura, ambos pactos no se contradicen ni se abroga el antiguo completamente, sino que progresivamente va tomando mayor profundidad y sentido. El Nuevo Pacto no contradice la intención del Antiguo; la lleva a su plenitud en Cristo (Mateo 5:17; Hebreos 10:1).
- La naturaleza y el curso de un río: Cuando la sequía azota un valle y el cauce se seca, el observador impaciente concluye que el río ha desaparecido para siempre. Sin embargo, cuando vuelven las lluvias, el agua no destruye el valle ni crea uno nuevo; simplemente recupera el curso que siempre le perteneció. Si durante la sequía el ser humano edificó sobre el lecho seco, la fuerza de la corriente arrastrará esas construcciones. Lo que se pierde no es el valle ni el río, sino aquello que fue levantado ignorando la naturaleza del cauce. La restauración del río revela que el problema nunca fue el río mismo, sino haber olvidado por dónde debía fluir.
Lo «nuevo» en la perspectiva bíblica
En el idioma griego del Nuevo Testamento existen dos palabras para referirse a lo «nuevo»: néos (algo nuevo en el tiempo, que no existía antes) y kainós (algo nuevo en calidad: renovado, transformado). Cuando la Biblia habla de «hacer nuevas todas las cosas», la palabra predominante es kainós.
La promesa bíblica no es la aniquilación de la creación, sino su restauración y redención. El grano de trigo que cae en tierra no se destruye para convertirse en nada; se transforma para dar mucho fruto.
Interpretamos mal los tiempos cuando leemos los procesos de cambio como finales trágicos en lugar de dolores de parto (Romanos 8:22-25). Los dolores de parto no buscan la muerte de la madre ni del hijo, sino dar paso a una nueva etapa de vida. Cambiar el observador catastrófico por uno de transformación nos permite dejar el pánico y asumir la responsabilidad del presente.
Kairós y Kronos
Nuestra forma de interpretar el futuro también depende de cómo entendemos el tiempo. Existe una distinción en el griego para estos dos tipos de tiempo: por un lado está el tiempo medible (horas y segundos) y, por el otro, la percepción del tiempo ligada a la experiencia de lo ocurrido; uno es cuantitativo y el otro, cualitativo.
Kairós hace referencia al momento oportuno, al tiempo señalado, al momento decisivo o al cumplimiento del tiempo. Es el tiempo cualitativo donde podemos dar un respiro a la presión de estar sometidos al tiempo Kronos. En la Escritura se utiliza con frecuencia la expresión «…llegado el tiempo» (Gálatas 4:4; Marcos 1:15; Efesios 1:10), que en definitiva nos recuerda que las cosas suceden en el momento en que tienen que suceder.
Kronos, por otro lado, es la medición de los días, horas y segundos. Estamos sometidos a este tiempo por ser criaturas. Estamos en el tiempo por tener un principio y un fin; porque existimos tenemos tiempo y porque existe el tiempo existimos en él. De acuerdo a este marco celebramos cumpleaños, festividades, aniversarios, y definimos quién es adulto y quién no. Avanza de manera lineal, por lo cual podemos observar los hechos del pasado secuencialmente.
Esta diferencia entre Kronos y Kairós también transforma nuestra forma de entender la esperanza cristiana. Cuando vivimos sometidos únicamente al tiempo cronológico, pensamos en el día y la hora en que la promesa de Dios suceda. Incluso el mismo Jesús mencionó:
«Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino solo mi Padre.» (Mateo 24:36)
El Reino de Dios ya está presente porque Cristo lo inauguró, pero todavía no ha alcanzado su consumación definitiva. Vivimos en el entretanto de que se consuma. Esa tensión explica por qué podemos experimentar hoy la paz, la justicia y la presencia de Dios sin que el mundo haya sido plenamente restaurado. Es lo que se denomina en teología el «ya, pero todavía no».
La trampa del doble ánimo: Entre el pesimismo presente y una esperanza postergada
Cuando miramos al futuro desde la lente de la incertidumbre, la consecuencia inmediata en nuestra vida es la hipervigilancia, la ansiedad y el miedo. Aparece esa sensación sutil de estar desprovistos, desprotegidos o desnudos.
En nuestra mente suelen habitar dos creencias contradictorias: el pesimismo del presente y una esperanza futurista que se tarda. Nos convencemos de que Dios hará todas las cosas nuevas, pero en un futuro tan lejano que tal vez ni siquiera estemos aquí para verlo. Mientras tanto, asumimos el presente como una causa perdida.
Aunque esta postura pueda parecer lógica o piadosa, en el fondo revela lo que la Escritura llama un corazón de doble ánimo: una mente que transita constantemente entre el temor al futuro y la interpretación del presente a través del caos del pasado.
En lugar de establecernos en la paz firme que Dios nos brinda hoy, alojamos frustración, desesperanza y angustia. Al rendirnos al miedo frente a los acontecimientos aparentes, perdemos la capacidad de cultivar y nutrir una espiritualidad gozosa propia del cristianismo.
Nuestra mente tiende a aferrarse a aquello que conoce, incluso cuando ese lugar resulte doloroso. Lo familiar suele parecernos más seguro que lo desconocido, aunque limite nuestra capacidad de crecer y glorificar a Dios. Debemos reevaluar nuestra perspectiva de vivir. Si alimentamos la catástrofe, cosecharemos ansiedad; si alimentamos el discernimiento, cosecharemos gozo y paz.
Cierre
Vivimos bombardeados por noticias catastróficas. Alguien a nuestro alrededor puede estar atravesando incertidumbre, ansiedad o dudas sobre su fe. Ayúdale a recordar las promesas de Dios:
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.» (Juan 14:27)
«…y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.» (Mateo 28:20)
La próxima vez que sientas que la ansiedad por el futuro o la sobreinformación intentan turbar tu corazón, haz una pausa. Reflexiona, atiende lo que sucede en tu interior y continúa caminando con la certeza de que tu presente ya está guardado en Él.
Quizá el verdadero problema nunca fue el futuro, sino el lente con que lo contemplamos. Cristo nunca prometió ausencia de dificultades, sino que su presencia permanece con nosotros en medio de ellas. Quien vive desde la certeza cristiana deja de interpretar cada cambio como una amenaza y comienza a descubrir en él la posibilidad que nos acerca a la nueva creación.
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