El dolor es inevitable, el sufrimiento opcional

La mente interpreta

La mente es un mundo en sí mismo: tiene la capacidad de transformar radicalmente la manera en que percibimos todo lo que vivimos. Como señalaba Humberto Maturana, «no vemos las cosas como son, sino como somos». En esa misma línea, la sabiduría bíblica ya lo advertía: «Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él» (Proverbios 23:7).

Sin duda, los pensamientos que albergamos durante suficiente tiempo van moldeando nuestra interpretación de la realidad o, dicho en términos ontológicos, el tipo de observador que elegimos ser. La realidad y la interpretación funcionan como líneas asíntotas: pueden aproximarse infinitamente, pero jamás llegan a tocarse. Habitamos la existencia como observadores condicionados por nuestros juicios, emociones y sesgos cognitivos.

Ahora bien, ¿qué relación tiene esto con el dolor y el sufrimiento?

El dolor y el sufrimiento

Toda interpretación genera consecuencias prácticas, pues la mente no solo percibe el mundo: lo construye y vive de acuerdo a la versión que elabora de él. Cuando enfrentamos una situación adversa —una ruptura, un duelo, un fracaso o una enfermedad—, el dolor surge como una respuesta neurobiológica y emocional primaria. Es la señal objetiva e inevitable de que algo se ha roto producto del pecado. El dolor pertenece al presente, lo observable; tiene una función adaptativa y requiere de nosotros la valentía de procesar la realidad tal como es, sin distorsiones, sin evitación, sin negarla. Atravesarlo implica sentir la fisura de la realidad en su justa medida, permitiendo que la emoción cumpla su ciclo natural de integración en la vida humana, sin apurar, ni aplazar.

El sufrimiento, en cambio, no es una respuesta directa al hecho, sino a la resistencia que oponemos ante él. Aparece en el momento exacto en que el observador rechaza lo sucedido y construye todo un aparataje mental basada en la negación, la culpa o la nostalgia. Mientras el dolor es un evento con principio y fin que se habita en el cuerpo, el sufrimiento es un bucle cognitivo interpretativo sostenido en el tiempo. Se alimenta del diálogo interno: el permanente «no debió ser así», el «¿por qué a mí?» o el miedo angustioso a un mal futuro.

En términos ontológicos, mientras que el dolor forma parte de la condición humana y nos conecta con nuestra vulnerabilidad. Con frecuencia, el sufrimiento se prolonga cuando construimos una narrativa en torno al dolor que nos mantiene atrapados en él. Esa historia puede llevarnos a identificarnos con la herida y dificultar el camino hacia la restauración. El dolor nos transforma si nos atrevemos a cruzarlo; el sufrimiento nos paraliza al aferrarnos a aquella herida y la hacemos parte de nuestra identidad apartando toda posibilidad de restauración.

Áreas grises

Y aunque nadie puede juzgar el sufrimiento ajeno, sí es posible ofrecernos como un espejo en el que la persona contemple sus propias zonas grises. Este es un ejercicio que deberíamos auto aplicarnos conscientemente para ampliar la visión que tenemos de nosotros mismos y para ayudar a otros a mirarse. Teniendo esto claro, debemos reconocer que solo Dios nos conoce por completo y está continuamente trabajando para hacer evidentes aquellas áreas ciegas que necesitan ser transformadas. Dios está cien por ciento comprometido con nuestra santidad y nuestra sanidad; por eso, antes de llevarnos a cumplir grandes objetivos, su deseo primario es renovar nuestra identidad y hacernos nuevas criaturas. Ni tu mismo, ni tu pareja, ni tus hijos, ni tus padres te conocen tanto como Dios.

A continuación, esta la ilustración de una herramienta llamada ventana de Johari para clarificar las áreas que tenemos. Precisamente porque muchas veces no vemos las narrativas que alimentan nuestro sufrimiento, necesitamos descubrir aquellas zonas de nosotros mismos que permanecen ocultas.

Cambiemos la pregunta incial

En medio del dolor brotan con fuerza el miedo, la incertidumbre y —por qué no decirlo— el enojo y la frustración. Pretender ignorar esta tormenta emocional sería irreal y ademas, contraproducente. Por eso, tanto en la experiencia práctica como en la literatura, se vuelve indispensable hacer consciente la pregunta con la que iniciamos un proceso de sanidad: solo así logramos desenmarañar el conflicto interno que nos aqueja.

El problema del mal ha sido una de las grandes objeciones contra la fe cristiana. Con frecuencia la pregunta se formula como: «¿Por qué permite Dios el dolor?». Sin embargo, sin desconocer la importancia de esa cuestión, para quien busca sanar resulta más transformador preguntarse: «¿Para qué puede servir este dolor dentro del propósito de Dios?

Para lograrlo, una de las formas más profundas de cambiar la postura del observador es redirigir esa pregunta fundamental: transitar del desgastante «¿por qué a mí?» al transformador «¿para qué?».

Quienes caminan en la fe descubren el verdadero alcance de Filipenses 4:13. «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece«. Pablo no estaba hablando de éxito personal, sino de la fortaleza que Cristo concede para permanecer fiel en cualquier circunstancia, incluso en medio del sufrimiento.

El propósito del dolor

El dolor se vuelve entonces clarificador: reordena las prioridades, da importancia a lo espiritual y reajusta nuestros afectos y propósitos. Deja de ser una condena para convertirse en una misión única y personal, grabada a fuego en el alma. Es el punto exacto donde la teoría se encarna y se vuelve vida.

Podemos verlo en la experiencia de Viktor Frankl, quien tras sobrevivir a los campos de concentración no se quedó atrapado en el sufrimiento, sino que tomó esa vivencia límite y la puso al servicio de la humanidad a través de la logoterapia. Desde las Escrituras, contemplamos a Moisés: tras haber sido educado en la cúspide de la civilización egipcia, pasa cuarenta años en el anonimato del desierto cuidando ovejas. Aquel tiempo de quebrantamiento y postergación no fue un desecho, sino la preparación indispensable para liderar una nación. Tenemos por otro lado al pastor y conferencista Nick Vujicic, quien nació sin extremidades y transformó aquello que parecía una limitación insuperable en una plataforma para servir, inspirar y anunciar esperanza a millones de personas.

A lo largo de la historia encontramos innumerables testimonios de personas que fueron moldeadas por el dolor. También los hay mucho más cerca de nosotros: en nuestras iglesias, en nuestras familias y en nuestras comunidades. Sin embargo, hablamos poco de él. En ocasiones lo convertimos en un tema incómodo, casi un tabú, como si reconocer el sufrimiento fuera una señal de debilidad. Pero mientras el dolor permanezca oculto, también permanecerán ocultas muchas de las lecciones y transformaciones que Dios quiere obrar en nosotros.

Necesitamos crear espacios donde el dolor pueda ser expresado sin vergüenza, acompañado sin juicio y redimido con esperanza. Porque cuando compartimos nuestras heridas, descubrimos que no estamos solos y que Dios suele manifestar su gracia a través de quienes también han sido quebrantados.

Quizás hoy no encuentres todas las respuestas. Tal vez el dolor haya comenzado a definir la forma en que te ves a ti mismo. Sin darte cuenta, la herida ha ocupado el lugar de tu verdadera identidad. Pero Cristo no te mira desde tu fracaso, tu pérdida ni tus cicatrices; te mira desde la obra que está realizando en ti. Él conoce toda tu historia y aún así sigue llamándote hijo. Por eso, levántate con esperanza: tu dolor no tiene la última palabra.

Cierre

El dolor nunca estuvo fuera de la soberanía de Dios; forma parte del proceso mediante el cual Dios moldea a quienes ha llamado y es el camino de Cristo (hebreos 12). No desperdicies la oportunidad de ser transformado por él. Algún día descubrirás que aquello que más te quebró también fue lo que Dios utilizó para hacer de ti una fuente de consuelo, esperanza y vida para otros. Entonces comprenderás que el propósito nunca fue simplemente sobrevivir al dolor, sino permitir que, en las manos de Dios, el dolor se transformara en una bendición que trascendiera tu propia historia.

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