Un hilo de humo corta la luz de la persiana,
aroma a café tostado, amargo y denso.
Ella lleva puesto el abrigo largo,
ese que pesa más que sus propios pasos.
Saca la libreta con manos gastadas
y anota un par de garabatos,
claves que solo el silencio entiende.
Da el último sorbo a su taza fría,
apaga el cigarrillo antes de salir
y empuja la puerta de la cafetería.
Afuera, la tarde de agosto es un ambiente húmedo y desolador.
Nada extraño ocurre a kilómetros, la calle adormecida,
pero hay un sobresalto repentino en el pecho,
un aviso en la sangre que la hace caminar en puntillas,
buscando el refugio de su auto.
«¿Qué me ocurre?», se pregunta atormentada.
Enciende el motor, el coche está presto a salir,
pero las manos se congelan en el volante.
Mariam no arranca.
El llanto cae sin pedir permiso por su rostro
y se lo refriega con brusquedad, con rabia,
como queriendo borrar la debilidad en su piel.
¿Quién puede ayudar a esta buscadora?
¿Es una decepción amorosa o es algo más oscuro?
Un toque inesperado al cristal del auto.
Es la camarera, que ha cruzado raudamente desde la vereda,
trayendo en el puño una bufanda olvidada.
Mariam baja el vidrio, la recibe, da las gracias.
La otra mujer ve el rastro húmedo en sus ojos:
—¿Todo bien?— pregunta al instante.
Ella asiente con la cabeza, una mentira rápida,
y vuelve a refugiarse en la pantalla del teléfono.
Busca un nombre particular entre los contactos.
Jorge Rough.
Duda. Guarda el teléfono en el bolso.
Conduce tres cuadras para escapar de sí misma
y se vuelve a aparcar bajo la niebla.
Respira hondo. Toma el móvil. Marca.
—¿Aló? Buenas noches, Sr. Rough. —Buenas noches—
responde el eco de la línea. —¿Quién llama? —
Soy yo, Mariam.
Y se congela un silencio eterno, una agónica eternidad entre los dos.
—¿Cómo estás?— pregunta Jorge, midiendo el aire.
—¿Has tenido noticias?— corta ella, sin tiempo para el afecto.
—He estado nervioso… no sé qué puede ocurrir. Han pasado setenta y dos horas y nada.
—¿Qué es lo que esperas?— reclama la mujer. —Si todo este tiempo no has podido…
—Cálmate, Mariam, no puedes ser así en este momento.
—Puedo ser como yo quiera— truena la voz encolerizada. —Estoy angustiada, no sabes el dolor que siento por…
—Es doloroso para todos— interrumpe el hombre, —pero tú, como detective, deberías tener más antecedentes de este caso.
La conversación es una estocada. Mariam aprieta el teléfono.
—Estoy haciendo mi trabajo, por eso llamo. Si hubieras hecho las cosas bien, ella no estaría desaparecida.
Al otro lado, la distancia se llena de sollozos. El Sr. Rough se quiebra: —Tú y tu incontrolable ego… no dejas de confrontar, una y otra vez, mi persona.
—No vengas con tu victimismo— sentencia Mariam, —nunca fuiste alguien que aparentara debilidad. Llamo por información nueva. ¿Tienes algo o sigo con lo mío, que es más eficiente?
—No hay nada, Srta. Rough. Nada de nada. Ya se lo he dicho todo a la policía.
Un segundo de pasividad flota en la conversación telefónica. Entonces, el hombre pregunta, casi como un susurro:
—Por cierto… ¿llevas ese abrigo?
Mariam mira aquel paño grueso que le cubre el pecho.
—Sí, Jorge, lo llevo puesto. Tengo que colgar, debo hacer mi trabajo.
El motor sigue encendido. La noche de agosto acaba de empezar.
Pareciera que el gris absorbiera los colores de felicidad.
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