Cumbre de iluminación

Tengo la piel reseca.
La lengua se me pega al paladar
y cargo el lastre de lo que pudo ser.
El corazón, un puño acelerado,
golpea las costillas como un martillo.
Mis pulmones se llenan de aire espeso,
mis pies cansados avanzan sin detenerse;
cada cierto tiempo ellos resbalan
y caigo, pero otra vez debo ponerme en pie.

¿Qué juego es este?
Todos miran, pero nadie ve el peso.
Diviso a lo lejos la cumbre empinada,
la mochila pesa el doble,
las personas son figuras insignificantes.

Mi espalda está destrozada,
siento los hombros fracturados por la gravedad;
soy atraído a la tierra tanto como mi corazón al dolor.
El sudor recorre mi cuerpo cansado.

Llego otra vez adonde se corta el silencio,
el viento son agujas en mi cara.
Otra vez el miedo hace su entrada pomposa,
pero no es épica como recordaba.

Más bien es vacilante y extraña.
—»Ya no tienes poder sobre mí»— le digo.
Es lo único que musita mi alma cansada;
sorprendida me mira, pero sigue con sus artimañas.

Dentro de mí reposa una seguridad rara:
que el miedo y la muerte
no me recluyen en sus prisiones de la mente;
son solo fantasmas de vidas pasadas.

Recobro el ánimo en una jugada rápida,
no me detengo a mirarlas a la cara.
Ya son endebles adversarios,
raquíticas figuras de cuentos mal contados.

Estoy en la cima de todo.
Apuro el paso y vislumbro
jardines y lagos hermosos;
son cristalinos como un espejo.

Puedo ver el reflejo de mi rostro:
un rostro cansado, pero iluminado;
desgarrado, pero satisfactorio.
No hay, a kilómetros, algo que me pueda dañar.

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