La felicidad parte 2

A lone hiker with a backpack walking on a muddy trail toward the setting sun under dark clouds

Perspectiva Eudaimónica

Como vimos anteriormente, la felicidad se esconde en lo cotidiano; hasta el momento más común se vuelve especial cuando lo miramos con gratitud. Cambiar la mentalidad de ‘escasez’ (lo que me falta) por una de ‘abundancia’ (lo que tengo) es clave para que nuestro día a día fluya con mayor ligereza y bienestar. Incluso la felicidad no es algo que debemos buscar, es algo que obtenemos como resultado de mirar nuestra vida desde una perspectiva de perdón y amor.

“La vida nunca se vuelve insoportable por las circunstancias, sino solo por la falta de sentido y propósito”. — Viktor Frankl

El sentido de la vida

“La felicidad no se puede perseguir; debe seguirse como consecuencia”. Viktor Frankl, tras sobrevivir a los campos de concentración, plasmó esta verdad en su obra esencial: El hombre en busca de sentido. Intentar atrapar la felicidad es tan absurdo como correr tras el viento; ser feliz es, en realidad, la consecuencia de un autoconocimiento profundo forjado a prueba y error.

Podemos ver la Biblia como un gran manual sobre cómo conducirnos ante lo sagrado, pero si esa realidad no se interioriza, termina siendo solo papel y tinta. Las verdades deben resonar en lo más hondo del ser. ¿Por qué insisto en lo profundo? Porque vivimos en una era de gratificación instantánea y superficialidad, donde se intenta comprar la plenitud con lo material, olvidando el sentido espiritual en el cual estamos entretejidos.

Descubrir el sentido de la vida nos obliga a enfrentar las grandes preguntas: ¿Quién soy? y ¿Qué soy?. Pero nada de esto cobra significado sin mirar atrás y comprender cómo cada hilo de nuestra historia nos ha traído hasta aquí. Es necesario preguntarse: ¿Qué @#$/ ha significado todo lo que me ha ocurrido?. Lograr esa introspección requiere valor para descender a los rincones lúgubres del alma, procesar los dolores complejos y dar coherencia a las injusticias que nos han marcado.

El porqué de la existencia debe poder darnos estabilidad emocional y paz, aquella paz que, como vimos en el blog anterior, solo puede venir de Jesús. Esa paz no es algo místico o de experiencias extrasensoriales, es la realidad de que las circunstancias, por más duras que sean, no determinan quién eres. Que estén sucediendo cosas complejas no quiere decir que sea porque no somos lo suficientemente capaces para deshacernos de ellas, y tampoco son un castigo, en muchos casos, por un mal en particular que hayamos cometido. Simplemente, la vida tiene sus bemoles y Dios ocupa esos momentos para acompañarnos en poder descubrir la profundidad de la vida humana. Que, como lo expresaría la confesión de fe de Westminster, consiste en glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.

Somos benditos

“Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida” (Salmo 23:6).

Como cristianos, tenemos la seguridad de habitar en un estado de plenitud y bienaventuranza que no emana de nosotros mismos, sino de Aquel en quien descansa nuestra fe. Esta confianza nos otorga una identidad inamovible y un propósito claro. Por eso, incluso en valles de pérdida, abandono o soledad, es posible experimentar plenitud; pues nuestro bienestar ya no está condicionado por lo que nos falta (la ausencia), sino por lo que nos sostiene (la presencia y provisión divina).

Encarnamos nuestro propósito al descubrir el “¿Para qué?” de nuestra existencia en la persona de Jesucristo. Al final del día, Su mirada es el único espejo que importa, superando nuestra propia percepción o el juicio ajeno. Aunque nuestra mente divague entre pensamientos intrusivos, miedos o victimismo, Dios permanece como la verdad absoluta. Solo a través de Sus ojos, revelados en Su Palabra, podemos aprender a vernos como realmente somos.

La trampa del «gran propósito»

A menudo nos abruman mil posibilidades: misiones para cambiar el mundo, planes monumentales y metodologías complejas. Sin embargo, solemos olvidar que el propósito más auténtico es el que se ajusta a nuestra realidad. En definitiva, el propósito está estrechamente ligado a la coherencia: esa armonía entre lo que pensamos, sentimos y hacemos.

¿Cómo tratas a quienes te rodean? ¿Qué valor aportas en tu día a día? ¿Conoces tus verdaderas pasiones? El desafío no es solo fijar objetivos, sino alcanzar la claridad necesaria para atender lo que urge hoy, algo que nace de un cambio de mentalidad. No se trata de distraerse con lo externo, sino de mirar hacia adentro. El propósito no surge de un descubrimiento mágico o una experiencia hiperespiritualizadora bajo un árbol; surge moviéndose, descubriendo y experimentando.

Soltar lo que hay que soltar y sostener lo que hay que sostener

Otro aspecto crucial de la vida es que, en reiteradas ocasiones, intentamos forzar el cambio en aquello que no podemos controlar, mientras descuidamos lo que sí está en nuestras manos modificar. Caemos en el pensamiento mágico de creer que nuestra voluntad basta para transformar las circunstancias externas, olvidando que, a menudo, esas circunstancias están ahí para transformarnos a nosotros. Esta mirada infantil de que el propio deseo puede transformar el entorno no es solo carente de coherencia, sino contraproducente para generar cambios reales y sostenibles.

Nos desgastamos intentando cambiar a nuestra pareja, al jefe, a los hijos o al gobierno; nos apegamos a lo imposible esperando un «milagro social», mientras permanecemos completamente ciegos ante la experiencia verdaderamente milagrosa: la autotransformación.

El sufrimiento, en gran parte de los casos, se origina por un apego a lo que pudo ser, a las personas, objetos, al pasado, etc. Una frase que hace mucho sentido y que es atribuida a Buda es: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”. Porque dolor experimentaremos sí o sí en este mundo, pero el sufrimiento es algo repetitivo que nada tiene que ver con la experiencia objetiva, sino con la interpretación de los hechos o la subjetividad de lo ocurrido. El mismo Señor Jesús en Juan 16:33 refiere que:

“En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”.


Reflexión

Deja de esperar el momento perfecto para empezar a vivir con sentido. El sentido se construye moviéndose.

Cuéntame, ¿cuál será tu primer paso de coherencia esta semana?

¿Qué acción coherente —por pequeña que sea— puedes realizar hoy para aportar valor a quienes te rodean? No tiene que ser una misión para cambiar el mundo, basta con que cambie tu mundo inmediato.

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