Me levanté hoy con el recuerdo de lo que no fue,
me paré en el abismo de los pensamientos;
sondeé la sima y sus oscuros recovecos.
Todos vitorean mis logros, pero aquí los arrojo.
¿De qué vale la existencia?
¿Cuánto es el valor de ella?
Mortales van y vienen,
¡qué ridícula paradoja de vida y deceso!
Una persona es joven y simple,
y al tiempo, anciana y complicada;
pero en ninguna hace lo que quiere,
ya sea por ignorancia o incapacidad.
Se desvive por lo irrelevante,
se viste de ingenuidad,
se asiste de soberbia para luego caducar.
Toma horas de traslado,
se esfuerza sin control,
se ejercita en la infamia,
es vil en su actuar.
¿Quién tomará en cuenta tal ejemplo?
¿Quién lo ayudará a salvarlo del olvido?
Tirado a un costado de la carretera,
yace su cuerpo sin vida —si le puedes llamar vida—.
Pero hay alguien que registra todo,
aquel cuyo pincel no falla,
y entre la infamia de la vida
provee un cuadro maestro.
Es un artista que mira desde el ático,
cada cierto tiempo lanza un trazo;
lo que los hombres y mujeres no apreciaron
está en su desván en exposición.
Es su obra maestra, el lienzo de la vida,
con tonos de precisión milimétrica;
Miguel Ángel se admira:
su Capilla Sixtina, una maqueta ante el Creador.

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