Ineludible vista al monte:
de ríos baja la alegría,
peces saltan de felicidad,
rocas fuertes golpean.
Carcajadas sorpresivas,
lunas llenas de amor,
cuarentenas de hibernar,
amaneceres naranjos.
En mi lecho tengo tu silueta,
de reojo veo el futuro idealista;
son humanos eufóricos después de una guerra.
Abrázame mientras me levanto a prisa.
Posturas erguidas,
abrazos de amigos y amantes,
brindis de medianoche…
¿Será que todos son dichosos?
¿Cuándo vendrán los buenos tiempos?
Llegada la hora nos levantamos
de nuestros lechos de agonía,
por una posible vida de abundancia.
Todos se reúnen para felicitarnos.
De todas las hijas de los hombres,
eras la que enciende mis pasiones;
erizas mi piel y los huesos estremeces.
Todos los días son primavera,
pero prefiero el otoño de la estación:
colores vibrantes que muestran lo efímero.
Lo que muere y nace nos recuerda que somos de corto tiempo.
Pero, aun así, los segundos parecen horas;
el tiempo se disocia en tu boca.
Miles envidian nuestra estación
y, más, nuestras celebradas nupcias.
Estoy aspirando a lo santo,
sublime, casi divino.
Mis fuerzas se han reunido
para desplazar lo perdido.
Como ave rapaz me abalanzo donde estás,
has caído en mis redes y brazos.
Ya parece algo prístino:
somos tú y yo en medio de la mañana.
Deja un comentario