Una llama interna
Daniel Siegel en el libro el cerebro del niño nos muestra esta metáfora sobre la casa para entender de mejor manera nuestro cerebro.
“Imaginemos que nuestro cerebro es una casa, con una planta inferior y otra superior. La planta baja incluye el tronco cerebral y el sistema límbico, situados en la parte inferior del cerebro, desde lo alto del cuello hasta aproximadamente el caballete de la nariz. Según los científicos, estas zonas inferiores son más primitivas porque se ocupan de funciones básicas (como la respiración y el parpadeo), de reacciones innatas e impulsos (como la lucha y la huida) y de las emociones fuertes (como la ira y el miedo) … Nuestra ira –junto con otras emociones fuertes, así como ciertas
funciones corporales e instintos– se deriva de la parte inferior del cerebro”.
El enojo es una emoción primitiva alojada en nuestra «planta inferior». Cuando esta zona toma el control, lo hace bajo una lógica de supervivencia. Es una emoción tan común en las relaciones humanas que afecta el vínculo con nuestros seres queridos. A diferencia de otros sentimientos, el enojo es casi imposible de ignorar; es una de las emociones más expresivas y difíciles de no interpretar en el otro.
El Guerrero Interior: ¿Por qué nos enojamos?
Más allá de la biología, la ira tiene un propósito protector: surge para defender lo que valoramos. Nos enojamos cuando sentimos una amenaza hacia nuestra identidad, nuestro círculo o nuestras expectativas. Aparece cuando alguien traiciona nuestra confianza, nos excluye o cuando percibimos que no se nos ha dado el valor que merecemos.
En ese momento, algo en nuestro interior se «levanta en armas». Nos convertimos en guerreros decididos a restaurar ese honor o justicia que sentimos arrebatados. Sin embargo, esa lucha externa suele ser, en realidad, un grito de auxilio de que en nuestro mundo interno algo no está en su lugar.
Cuando la casa está en llamas: Rutas de escape
Cuando una de las plantas de nuestra «casa mental» está envuelta en llamas, el sistema entra en estado de emergencia. No hay tiempo para razonar; el cerebro busca la salida rápida para sobrevivir. Solemos tomar dos rutas que, aunque prometen alivio, suelen dejar heridos en el camino:
1. La Agresión: El ataque como defensa
Es la respuesta más instintiva. El cerebro interpreta un peligro inminente y decide que la única opción es someter o aniquilar la amenaza para resguardar nuestra vida.
- Manifestación: Desde lo evidente (gritos, insultos) hasta lo sutil (crítica sistemática, intimidación o manipulación).
- El engaño: Creemos recuperar el control, cuando en realidad hemos perdido la conexión y el respeto.
2. El Distanciamiento: La huida, apariencia de prudencia
A menudo confundimos el distanciamiento con «autocontrol» o buena educación. Creemos que, al quitar el escenario o a la persona «gatillante», disminuirá el malestar; pero esto no es la solución, es una evasión.
- Manifestación: Aislamiento, «ley del hielo», desconexión emocional o silencio punitivo.
- El engaño: Pensamos que somos maduros por no gritar, pero el distanciamiento es una forma de abandono.
Si la agresión quema por contacto, el distanciamiento mata por congelamiento.
¿Qué nos dice la Biblia sobre el enojo?
La Escritura nos enseña el camino del enojo controlado. El apóstol Pablo valida la emoción pero advierte sobre su límite: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Efesios 4:26).
La ira de Dios es santa, justa y siempre bajo control; nunca caprichosa. Sentir enojo no es pecado en sí mismo; lo peligroso es permitir que nos esclavice y nos lleve a actuar de forma contraria al carácter de Cristo, dañando a quienes amamos.
Nuestra identidad: El extintor espiritual
La respuesta final ante el enojo no es más esfuerzo, sino más identidad. La dignidad que nos otorga el evangelio es una nueva posición en Cristo que nada ni nadie puede arrebatar. Dios nos mira a través de esa dignidad y Su opinión sobre nosotros no fluctúa según nuestras circunstancias.
Nuestras reacciones son un reflejo directo de quiénes somos en lo más profundo de nuestro ser. A menudo creemos erróneamente que lo externo puede alterar nuestra integridad. Vivimos bajo la falsa premisa de que nuestra alma se desgasta como lo material, pero el diseño de Dios propone una lógica inversa:
Nuestra verdadera labor es ser renovados en aquello que ya somos en Dios. Como recuerda 2 Corintios 4:16: «Nuestro hombre interior se renueva de día en día».
Mientras el mundo exterior nos exige «hacer» para «ser», el Evangelio nos invita a descansar en nuestra identidad eterna. La renovación diaria ocurre por un cambio de perspectiva: dejar de mirar el desgaste de lo que perece y nutrir la vida indestructible que Dios ha depositado en nuestro interior.
Cuando comprendemos que somos hijos de Dios, entendemos que no hay ofensa humana que pueda afectarnos profundamente. Si la Persona más importante del universo tiene una opinión eterna y positiva de nosotros, ¿qué importa realmente que alguien nos ignore, nos ofenda o mienta sobre nosotros? Nuestra identidad está segura.
¿Cuándo tu «casa» entra en llamas de qué forma respondes? ¿Eres de los que tienden a la agresión para recuperar el control o de los que eligen el distanciamiento para protegerse? Reconocerlo es el primer paso para dejar que la paz de Dios tome el mando. ¡Me encantaría leer tu reflexión en los comentarios!
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