Pletórico

Amaneceres de entusiasmo, días de paz:
cada visita tuya es tan breve.
He pasado por parajes de angustia,
pero todas me atraen a tu rodaje.

Todos esperan por tu austera visita,
se agolpan en las cosas para verte;
suben a empinadas montañas,
bajan a oscuros valles.

Preséntame como alguien deseado,
como un amante,
donde bebo de tus vinos,
dulces brebajes.

Lunas crecientes,
lobos con amplios menú,
libros empolvados en estantes,
la hora develada en un reloj cucú.

Miro y miro entre la gente:
todos parecen saber algo que yo no.
¿Todos esconderán, acaso,
que esta es la estación del afecto?

Posiblemente la dicha ha irrumpido al fin en mi vida;
y salto, cual caribú,
al saber que has llegado al umbral de mi puerta.

Me alisto para despedirme,
porque sé que eres de corta duración;
te vas y vuelves sin avisar,
pero como nunca deseas mi presencia.

Te quedas para guiarme. ¿Adónde? No sé aún…
o quizás sí, talvez reservo la respuesta.
No todas las cosas se tienen que decir cuando nos vemos:
solo gozar de ti y de quien te envió a mi encuentro sublime.

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