Se instaló sin aviso, como una niebla,
un agobio que cala hasta los huesos;
es el latir de un corazón que, en su flaqueza,
busca el sentido de lo que es eterno.
No es un error, es la alarma de un alma fatigada;
una pausa necesaria en el camino apresurado,
que nos detiene y finalmente nos obliga
a que un corazón apesadumbrado llore lo callado.
Nos habla de lo perdido y lo temporal,
de la fragilidad inherente de nuestro ser;
de cómo el hombre, distraído en lo mundano,
olvida que el tiempo corre en su contra sin volver.
Hay un peso en el pecho, un nudo en la garganta,
pero es allí, donde el dolor golpea la consciencia,
donde la humanidad finalmente se cuela
por las grietas mismas de la existencia.
¿Quién podría negar que el sollozo nos habita?
Nos acompaña desde que dejamos el vientre;
es el hilo rojo que nuestra historia encinta,
desde el nacimiento hasta el sepulcro silente.
No huyas del dolor para ser preso de lo superfluo,
ni cubras tu vida con parches de falsa felicidad;
enfréntate a lo temible y al caos mismo,
habitando tu sombra con total honestidad.
La tristeza es una gran amiga
para quien la atiende y luego la despide;
entre abrazos y lágrimas se marcha,
llevándose la basura que el alma ya no pide.
Suelta tu carga y prosigue el camino
con mayor amor propio y convicción.
Que el dolor es transversal a todo destino,
pero también la esperanza de una bendición.

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