Los sonidos estridentes de una vida en caos;
un hombre se para sobre un montículo de cosas.
Todas son imperfectas, de mediana intensidad.
Pareciera que nadie puede derribar la oscuridad;
todo está quieto, pero es quietud de conformidad.
Los hombres cooperan para paralizarse;
uno a uno se estorban para avanzar.
Todas las miradas están pegadas al suelo,
pareciera que el sonido los tiene hipnotizados:
todo está moviéndose en reversa.
Los niños que fueron destetados, uno a uno,
se arman con la mística de antaño.
Toda la sabiduría que fue oculta se destapó;
pareciera que fluye como un torrente.
Todo se fue con aquel momento,
hasta el hombre en el montículo.
Los sonidos estridentes se detuvieron frente a un río;
se sumergieron para ser purificados.
Los niños rezaron en dirección al cielo:
y desde el cielo, aparece el Director de Orquesta.
Todo enmudeció, no hubo sonido alguno,
hasta que movió sus manos y, como si nunca,
el caos desapareció.
Sintonizados todos los hemisferios,
prontamente el orden de la vida se logró.

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